Todo nos afecta a todos

Y es como si resurgieran de las profundidades a la superficie. Yo misma sentí su eco cuando otrora las leyera y escuchara y me conmovieron en gran manera, pero con el paso del tiempo y de su desuso también las aparcara en un baúl con los demás recuerdos. Y he ahí que sus efectos se sentían todavía cuando en estos días en los que somos blanco de un minúsculo virus, el cual no hace acepciones, sino que nos ha puesto en plano de igualdad, pues no le importa nuestro color, raza, ideas políticas, nacionalidad, etc., pues nos acecha a todos. Y aunque no es un ejemplo agradable, pensé en una igualdad ideal, todos como hijos de Dios trabajando por esta tierra, formando un solo Cuerpo; salvándonos los unos a los otros, sea en el plano físico o en el plano espiritual o de otro tipo, pues para ello Dios ha establecido dones. ¿Qué tal nos iría si cada uno cumpliera su cometido?, pregunté.

Si bien el apóstol se está refiriendo al cuerpo que es la Iglesia, siendo la Cabeza el mismo Cristo, yo, con permiso, lo extrapolaba al mundo de hoy, donde todos sin excepción estamos siendo llamados a colaborar en esta carrera para llegar a la meta de superar esta pandemia. Se nos dice que todos somos imprescindibles, que nadie puede decir que no necesita del otro. No se lo podemos decir a los médicos, ni al camionero o al periodista. Todo lo que antes era pequeño ahora tiene un valor inmenso en este proyecto. Y si a alguien se le aplaude, o resurge a una nueva vida, los demás nos alegramos como si de nosotros se tratara. Y si se van apagando las vidas, crecen las cifras de contagiados, o hay desesperación por la insuficiencia de los medios, nos conmovemos y entristecemos. Lloramos con los que lloran.

Siento que de pronto todos los estamentos de la vida del hombre fueron puestos para mirarse y colaborar entre ellos. Me di cuenta de que otros existían y sentí que me preocupaba. Hablo de mí pues primero tengo que estar bien en todos los sentidos para poder ser portadora de buenas noticias a los demás.

Y han empezado a importarme todos los que en este momento padecen, sean de nuestro país España, sean de Italia, Canadá, Francia, El Salvador, Perú, Portugal, Bolivia, Costa Rica, Estados Unidos, Croacia, Rumanía, Nicaragua, Senegal, Irán, Ecuador, Brasil, Colombia o China. Me importa el personal sanitario, los de la limpieza, seguridad del Estado, nuestros gobernantes, los de las residencias, supermercados, camioneros, etc., etc., etc. De pronto la palabra salvación se hace imprescindible. Y nadie debe quedarse al margen. No hay excepciones. Pues estamos en un mundo globalizado. Si un país estornuda al otro le afectará. Si un país está en guerra esto no se quedará entre cuatro paredes, saldrán contingentes de personas desesperadas buscando refugio en las zonas más pudientes del mundo, habrá hambre. Si atento contra el medioambiente, más de los mismo. Si cunden la corrupción y los descalabros económicos y financieros, también. Hemos visto el derrumbe de las bolsas, la caída del precio del petróleo. Y eché un vistazo a los medios y vi que todo afecta a todos. Por eso ha sido histórico observar cómo algunos países ofrecen ayuda sanitaria, mascarillas… Y mi corazón de piedra se iba tornando de carne, es decir, más humano; se conmovía, sentía que todos son sus seres queridos, sean de donde sean. Y ya nadie se asusta por sentirlo así, ni miramos con extrañeza.

El ejemplo invita a imitar. Tengo tiempo para repensar en el ejemplo de los que mucho antes dijeron ‘Sed imitadores de mí’, pues ellos imitaban a uno que nunca falla, su nombre es Jesús.

Hemos sido llevados a un rinconcito de este mundo, de nuestra ciudad o pueblo, o barrio, para tener un momento para repensar, compartir, descansar y reflexionar; como ese parón que muchas veces hemos querido tener para hacer una especie de balance y recomenzar como las águilas, una vez renovados después de habernos quitado todo aquello que ya no sirve. Y no vale volver otra vez al punto de partida. No estoy minimizando la situación, pues me conmueve grandemente, pero sigo diciendo que Su mano me da seguridad aun sabiendo que me puede tocar, tal como lo pienso siempre. ¿Quién soy yo para que no? Alguien muy valioso para Dios, pero sé también que solo estoy de paso, y cuando estás de paso estás sujeto a los contratiempos de los que están de paso, y así… Mas sabiendo que hay un puerto seguro donde al final recalaremos, porque hay una Esperanza firme.

Mientras estamos de paso, me he dado cuenta que debemos prepararnos hasta que lleguemos a casa. Y he ahí que hay multitudes formando un gran cuerpo con personas que trabajando en conjunto podrían mejorar las condiciones de esta caminar físico y espiritual que sin duda van de la mano. El confinamiento es mundial. Y no hemos sido nosotros mismos los que lo hemos presupuestado ni planificado. Y vuelvo a asirme de Su mano protectora. Que nos deja libertad también. La hemos tenido para la guerra, lanzar bombas, exterminar, utilizar armas químicas y bacteriológicas… Todo. Pero quizá haya llegado el momento de pergeñar otras estrategias, pues los resultados a mi modesto entender, un entender muy sencillo y desorganizado, por lo cual pido disculpas, no han sido buenos. El hombre es inteligente, creativo, con sentimientos, razonamiento, sabiduría… tiene todos los insumos para hacer grandes cosas, que ya las hace, pero tiene que ser para el bien común, que no sea siempre solo para algunos, o que su precio sea tan exorbitante que impida tener acceso a ello, las vacunas, por ejemplo. O que solo pensemos en lucrar como alguno está haciendo estos días.

En estos días hemos visto los beneficiosos efectos de la ética, de los valores y virtudes que hasta hace poco nos asustaban. Hemos visto lo gozoso que es ayudar al otro. No todo es perfecto, pero podemos volver a empezar. Hoy pensamos en los más vulnerables, los que necesitan de más cuidado, lo cual me ha recordado las palabras de Jesús: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”. Sabía de nuestras necesidades físicas y espirituales. Y que no nos asusten las palabras, pues arrepentimiento es algo que necesitamos todos los días, pues a veces las sombras se posan sobre nosotros disipando la luz que teníamos al despuntar la aurora, hay como una voz que te recuerda dónde está el verdadero camino por el que transitar, y es ahí donde reconocemos el desacierto y enrumbamos otra vez, pero de distinta manera, con miras de no volver atrás. Y no a la ligera. Es la voz de nuestro Dios amado que llama con voz potente y autorizada para llevarnos por verdes pastos y donde las aguas son cristalinas, donde hay refugio seguro. Evadiendo el temor, aun andando en valle de sombra de muerte. Con voz firme, pero que tiene algo especial. Vislumbras una meta al escucharla. Y es que las palabras pueden desgastarse o asustar. Pero si su fin es para bien, tienen efectos edificantes y estimulantes. En estos días de pandemia también escuché la palabra ‘disciplina’, y raro, a nadie parecía causarle rechazo, ni temor. Se nos dijo que si actuábamos con disciplina, mejorarían los resultados que pretendíamos. Y es que es algo necesario. La ejercitan los deportistas para alcanzar la meta, ya sea en los maratones u otro deporte. Y se ejercita en todos los ámbitos para alcanzar buenos frutos. Y así la vio el apóstol Pablo que la consideró cuando habló de la carrera de la fe. Y allí estaba la disciplina como medio. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha de todo se abstiene; ellos a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible…”.

Ganar esta carrera implica esforzarse, sacrificarse, comprometerse. Pero el premio es un señuelo convincente. Y vuelvo a decir que hemos usado mal las palabras, quizá para azotar más que para persuadir o enseñar y se ha deturpado su verdadero significado. Quizá debamos revisar las formas de decirlas para convencer. Y vuelvo a Pablo cuando dice: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo; para que de todos modos salve a alguno. Y esto hago a causa del Evangelio…”.

Pues basta de abatir, más bien estimulemos, animemos, oremos. Para que ejercitemos la humildad, la sencillez y la integridad. Hubo una vez que el cristianismo en Europa sentó las bases de la democracia y de los derechos del hombre, ya que como dice Juan A. Mackay: “Puesto que los hombres son de infinito valor a los ojos de Dios, deben ser tratados por sus semejantes con toda consideración, y debe dárseles todo género de oportunidad para que cumplan su destino divino como hijos de Dios”. ¿Te imaginas algo así?

Persuadidos de esto, podría ser que desde esta perspectiva todas las partes deberían apostar por la concordia para reconstruir, cada uno desde su sitio, pero trabajando para el bien común. Administrando justa y equitativamente los recursos. Si alguien pensaba sustraer algo de las arcas públicas piense que le estaría mermando a los rubros dedicados a la sanidad, a la educación, a todos los servicios públicos, a las ayudas para los más vulnerables, a las becas, a la I+D… Apoyando los distintos acuerdos internacionales, sean para alcanzar la paz o para impulsar el desarrollo, como aquellos tan citados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o los que tienen que ver con los refugiados. O con la esclavitud de nuestro siglo, por citar algunos. Nuestra actual situación ha demostrado nuestra vulnerabilidad. Y este intermedio no puede ser en vano, está costando caro, la vida y la economía de muchos. El coste social es muy alto. No, no puede ser para nada. No podemos volver al inicio. Todos debemos ganar, ya no debe de haber perdedores. Y la gracia no es barata.

¿Y la iglesia? Solo repito las palabras de un teólogo alemán: “¿Qué iglesia es esa que solo abra la boca para defender a los miembros de su propia comunidad y no dice una palabra sobre la caza del hombre que simultáneamente está teniendo lugar fuera? (…) La iglesia solo puede defender su propio espacio luchando no por ella, sino por el mundo, de lo contrario se convierte en una ‘sociedad religiosa’ que lucha solo por su propia causa, dejando de ser por eso la iglesia de Dios en el mundo (…) solo se aprende a creer (seguir a Jesús) estando del todo a este lado de la vida”.

Así como Cristo que entró de lleno en la escena del mundo, la iglesia debe hacerlo como instrumento que es para la misión de Dios hacia el mundo. Un mundo donde hay personas que Dios ama.

Infinitamente y de todas las formas hemos estado clamando por que se priorice la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y por tanto, no deberíamos dudar ante dicho clamor. Rogamos por la justa distribución de los recursos. Por lo equitativo, por lo igualitario. Y he aquí que de pronto veo que hemos sido puestos en un mismo plano de igualdad. No son gratos estos difíciles momentos en los que oigo por todas partes la palabra ‘unidad’, ‘todos juntos venceremos’, tú puedes salvar vidas’… Y me hicieron recordar un pasaje de la primera carta que el apóstol Pablo escribiera a los Corintios:

“… Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios; y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros se preocupen los unos por los otros. De Manera que, si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan…”.

Y es como si resurgieran de las profundidades a la superficie. Yo misma sentí su eco cuando otrora las leyera y escuchara y me conmovieron en gran manera, pero con el paso del tiempo y de su desuso también las aparcara en un baúl con los demás recuerdos. Y he ahí que sus efectos se sentían todavía cuando en estos días en los que somos blanco de un minúsculo virus, el cual no hace acepciones, sino que nos ha puesto en plano de igualdad, pues no le importa nuestro color, raza, ideas políticas, nacionalidad, etc., pues nos acecha a todos. Y aunque no es un ejemplo agradable, pensé en una igualdad ideal, todos como hijos de Dios trabajando por esta tierra, formando un solo Cuerpo; salvándonos los unos a los otros, sea en el plano físico o en el plano espiritual o de otro tipo, pues para ello Dios ha establecido dones. ¿Qué tal nos iría si cada uno cumpliera su cometido?, pregunté.

Si bien el apóstol se está refiriendo al cuerpo que es la Iglesia, siendo la Cabeza el mismo Cristo, yo, con permiso, lo extrapolaba al mundo de hoy, donde todos sin excepción estamos siendo llamados a colaborar en esta carrera para llegar a la meta de superar esta pandemia. Se nos dice que todos somos imprescindibles, que nadie puede decir que no necesita del otro. No se lo podemos decir a los médicos, ni al camionero o al periodista. Todo lo que antes era pequeño ahora tiene un valor inmenso en este proyecto. Y si a alguien se le aplaude, o resurge a una nueva vida, los demás nos alegramos como si de nosotros se tratara. Y si se van apagando las vidas, crecen las cifras de contagiados, o hay desesperación por la insuficiencia de los medios, nos conmovemos y entristecemos. Lloramos con los que lloran.

Siento que de pronto todos los estamentos de la vida del hombre fueron puestos para mirarse y colaborar entre ellos. Me di cuenta de que otros existían y sentí que me preocupaba. Hablo de mí pues primero tengo que estar bien en todos los sentidos para poder ser portadora de buenas noticias a los demás.

Y han empezado a importarme todos los que en este momento padecen, sean de nuestro país España, sean de Italia, Canadá, Francia, El Salvador, Perú, Portugal, Bolivia, Costa Rica, Estados Unidos, Croacia, Rumanía, Nicaragua, Senegal, Irán, Ecuador, Brasil, Colombia o China. Me importa el personal sanitario, los de la limpieza, seguridad del Estado, nuestros gobernantes, los de las residencias, supermercados, camioneros, etc., etc., etc. De pronto la palabra salvación se hace imprescindible. Y nadie debe quedarse al margen. No hay excepciones. Pues estamos en un mundo globalizado. Si un país estornuda al otro le afectará. Si un país está en guerra esto no se quedará entre cuatro paredes, saldrán contingentes de personas desesperadas buscando refugio en las zonas más pudientes del mundo, habrá hambre. Si atento contra el medioambiente, más de los mismo. Si cunden la corrupción y los descalabros económicos y financieros, también. Hemos visto el derrumbe de las bolsas, la caída del precio del petróleo. Y eché un vistazo a los medios y vi que todo afecta a todos. Por eso ha sido histórico observar cómo algunos países ofrecen ayuda sanitaria, mascarillas… Y mi corazón de piedra se iba tornando de carne, es decir, más humano; se conmovía, sentía que todos son sus seres queridos, sean de donde sean. Y ya nadie se asusta por sentirlo así, ni miramos con extrañeza.

El ejemplo invita a imitar. Tengo tiempo para repensar en el ejemplo de los que mucho antes dijeron ‘Sed imitadores de mí’, pues ellos imitaban a uno que nunca falla, su nombre es Jesús.

Hemos sido llevados a un rinconcito de este mundo, de nuestra ciudad o pueblo, o barrio, para tener un momento para repensar, compartir, descansar y reflexionar; como ese parón que muchas veces hemos querido tener para hacer una especie de balance y recomenzar como las águilas, una vez renovados después de habernos quitado todo aquello que ya no sirve. Y no vale volver otra vez al punto de partida. No estoy minimizando la situación, pues me conmueve grandemente, pero sigo diciendo que Su mano me da seguridad aun sabiendo que me puede tocar, tal como lo pienso siempre. ¿Quién soy yo para que no? Alguien muy valioso para Dios, pero sé también que solo estoy de paso, y cuando estás de paso estás sujeto a los contratiempos de los que están de paso, y así… Mas sabiendo que hay un puerto seguro donde al final recalaremos, porque hay una Esperanza firme.

Mientras estamos de paso, me he dado cuenta que debemos prepararnos hasta que lleguemos a casa. Y he ahí que hay multitudes formando un gran cuerpo con personas que trabajando en conjunto podrían mejorar las condiciones de esta caminar físico y espiritual que sin duda van de la mano. El confinamiento es mundial. Y no hemos sido nosotros mismos los que lo hemos presupuestado ni planificado. Y vuelvo a asirme de Su mano protectora. Que nos deja libertad también. La hemos tenido para la guerra, lanzar bombas, exterminar, utilizar armas químicas y bacteriológicas… Todo. Pero quizá haya llegado el momento de pergeñar otras estrategias, pues los resultados a mi modesto entender, un entender muy sencillo y desorganizado, por lo cual pido disculpas, no han sido buenos. El hombre es inteligente, creativo, con sentimientos, razonamiento, sabiduría… tiene todos los insumos para hacer grandes cosas, que ya las hace, pero tiene que ser para el bien común, que no sea siempre solo para algunos, o que su precio sea tan exorbitante que impida tener acceso a ello, las vacunas, por ejemplo. O que solo pensemos en lucrar como alguno está haciendo estos días.

En estos días hemos visto los beneficiosos efectos de la ética, de los valores y virtudes que hasta hace poco nos asustaban. Hemos visto lo gozoso que es ayudar al otro. No todo es perfecto, pero podemos volver a empezar. Hoy pensamos en los más vulnerables, los que necesitan de más cuidado, lo cual me ha recordado las palabras de Jesús: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”. Sabía de nuestras necesidades físicas y espirituales. Y que no nos asusten las palabras, pues arrepentimiento es algo que necesitamos todos los días, pues a veces las sombras se posan sobre nosotros disipando la luz que teníamos al despuntar la aurora, hay como una voz que te recuerda dónde está el verdadero camino por el que transitar, y es ahí donde reconocemos el desacierto y enrumbamos otra vez, pero de distinta manera, con miras de no volver atrás. Y no a la ligera. Es la voz de nuestro Dios amado que llama con voz potente y autorizada para llevarnos por verdes pastos y donde las aguas son cristalinas, donde hay refugio seguro. Evadiendo el temor, aun andando en valle de sombra de muerte. Con voz firme, pero que tiene algo especial. Vislumbras una meta al escucharla. Y es que las palabras pueden desgastarse o asustar. Pero si su fin es para bien, tienen efectos edificantes y estimulantes. En estos días de pandemia también escuché la palabra ‘disciplina’, y raro, a nadie parecía causarle rechazo, ni temor. Se nos dijo que si actuábamos con disciplina, mejorarían los resultados que pretendíamos. Y es que es algo necesario. La ejercitan los deportistas para alcanzar la meta, ya sea en los maratones u otro deporte. Y se ejercita en todos los ámbitos para alcanzar buenos frutos. Y así la vio el apóstol Pablo que la consideró cuando habló de la carrera de la fe. Y allí estaba la disciplina como medio. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha de todo se abstiene; ellos a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible…”.

Ganar esta carrera implica esforzarse, sacrificarse, comprometerse. Pero el premio es un señuelo convincente. Y vuelvo a decir que hemos usado mal las palabras, quizá para azotar más que para persuadir o enseñar y se ha deturpado su verdadero significado. Quizá debamos revisar las formas de decirlas para convencer. Y vuelvo a Pablo cuando dice: “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo; para que de todos modos salve a alguno. Y esto hago a causa del Evangelio…”.

Pues basta de abatir, más bien estimulemos, animemos, oremos. Para que ejercitemos la humildad, la sencillez y la integridad. Hubo una vez que el cristianismo en Europa sentó las bases de la democracia y de los derechos del hombre, ya que como dice Juan A. Mackay: “Puesto que los hombres son de infinito valor a los ojos de Dios, deben ser tratados por sus semejantes con toda consideración, y debe dárseles todo género de oportunidad para que cumplan su destino divino como hijos de Dios”. ¿Te imaginas algo así?

Persuadidos de esto, podría ser que desde esta perspectiva todas las partes deberían apostar por la concordia para reconstruir, cada uno desde su sitio, pero trabajando para el bien común. Administrando justa y equitativamente los recursos. Si alguien pensaba sustraer algo de las arcas públicas piense que le estaría mermando a los rubros dedicados a la sanidad, a la educación, a todos los servicios públicos, a las ayudas para los más vulnerables, a las becas, a la I+D… Apoyando los distintos acuerdos internacionales, sean para alcanzar la paz o para impulsar el desarrollo, como aquellos tan citados Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o los que tienen que ver con los refugiados. O con la esclavitud de nuestro siglo, por citar algunos. Nuestra actual situación ha demostrado nuestra vulnerabilidad. Y este intermedio no puede ser en vano, está costando caro, la vida y la economía de muchos. El coste social es muy alto. No, no puede ser para nada. No podemos volver al inicio. Todos debemos ganar, ya no debe de haber perdedores. Y la gracia no es barata.

¿Y la iglesia? Solo repito las palabras de un teólogo alemán: “¿Qué iglesia es esa que solo abra la boca para defender a los miembros de su propia comunidad y no dice una palabra sobre la caza del hombre que simultáneamente está teniendo lugar fuera? (…) La iglesia solo puede defender su propio espacio luchando no por ella, sino por el mundo, de lo contrario se convierte en una ‘sociedad religiosa’ que lucha solo por su propia causa, dejando de ser por eso la iglesia de Dios en el mundo (…) solo se aprende a creer (seguir a Jesús) estando del todo a este lado de la vida”.

Así como Cristo que entró de lleno en la escena del mundo, la iglesia debe hacerlo como instrumento que es para la misión de Dios hacia el mundo. Un mundo donde hay personas que Dios ama.

Un abrazo fraternal.

Foto de Gianni Darcomza (Urbino)

Jacqueline Alencar Polanco (Cobija, Bolivia, 1961), es licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad Federal de Mato Grosso (Brasil). Antes de venir a España, becada por la Diputación de Salamanca, trabajó en instituciones públicas en el área de planificación y proyectos de desarrollo. Desde hace varios años, junto con su esposo, se dedica a la publicación y corrección de libros de poesía y ensayo. También realiza traducciones del portugués al castellano para algunas editoriales. Es directora de la revista  “Sembradoras”, desde su aparición en el año 2007 y colabora como voluntaria en Alianza Solidaria (AEE). Desde 2010 mantiene una columna dominical en el periódico Protestante Digital, además de colaboraciones esporádicas en Salamanca al Día y Tiberíades.

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