El fuego y el rescoldo

Con respecto al hallazgo poético, la poesía se manifiesta en estos dos mundos: en el mundo del no ser como una trascendencia y en el mundo del ser como una inmanencia. Todo poema se construye con palabras porque el poema -como señala Octavio Paz en El arco y la lira– es ese lugar donde se dan cita el hombre y la poesía. Pero nada más sui géneris que la materia prima de esa hoguera donde arderán con su rostro original hombre y poesía -nadie sale ileso de un gran poema-, la palabra como elemento significante nombra al sonido, al color, al bronce y la piedra como formas inertes de las demás artes. Ella es la creación preexistente; por lo tanto, tiene vida, tiene historia, palpita. Y es ahí, en ese mundo del no ser y sus aguas espejeantes y perentorias, donde las palabras son signos que nos remiten a una existencia engañosa, máyica, para expresarlo en términos brahmánicos, mutable, aparente. De ahí el postulado de Parménides: “La inexpresabilidad del ser como único y necesario nos hace ver en las palabras las etiquetas de las cosas ilusorias”. La palabra, aquí, ordena y desordena, mata y da vida, es sustancia, adjetivo, potencia, esencia y accidente, es sintagma y paradigma, es homología y analogía, lógica, razón e intuición en una guerra a muerte de las antípodas.

La poesía desde su trascendencia es una concreción donde, si se quiere, es factible converger con un sistema lógico de inferencias. Un discurso dable para el estudio de la semiótica y la ciencia del lenguaje.

Otra es la poesía como una inmanencia, como un hallazgo que se nos insinúa en el ritmo, en la cadencia de la emoción, en la música de las palabras o el esplendor de un advenimiento por la imagen. Porque, más allá de las sentencias filosóficas, la palabra como un acto poético emana del ser, lo nombra, lo define. Esta es la poesía como una intuición del ser o como el ser mismo, inexpresable por ser único y necesario.

Antonio Machado, hablando de esta imposibilidad de definir la poesía, dice: “Hemos de hablar modestamente de la poesía, sin pretender definirla, ni mucho menos obtenerla por vía experimental químicamente pura”. Y Juan Ramón Jiménez expresa en uno de sus aforismos: “La poesía, principio y fin de todo, es indefinible. Si se pudiera definir, su definidor sería el dueño de su secreto, el dueño de ella, el verdadero, el único dios posible. Y el secreto de la poesía no lo ha sabido, no lo sabe, no lo sabrá nunca nadie, ni la poesía admite dios, es Diosa única sin dios. Por fortuna, para dios y para los poetas.

Hablando en términos estrictamente kantianos, el poema sería el fenómeno y la poesía ese noúmeno, la cosa en sí, de la cual nada podemos decir con la razón.

De ahí la analogía, la lógica paradójica y el contrasentido que nos permita, anulando la razón, aprehender en un intuito su esencia incomunicable, ya que todo lo que de ella digamos -para expresarlo en una frase zen- fallará en su punto esencial.

José Antonio Madrid en Salamanca

Marco Antonio Madrid (San Nicolás, 1968), es licenciado en Letras con especialidad en Literatura por la UNAH. Se ha desempeñado como profesor de Filosofía y Letras en distintas universidades de Honduras. Sin embargo, su labor docente la ha desarrollado principalmente en el Departamento de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula (UNAH-VS) impartiendo la clase de semiótica y literatura. Poemas suyos han aparecido en diarios hondureños y en algunas revistas literarias extranjeras y ha participado en antologías centroamericanas e  hispanoamericanas. Ha publicado los libros de poesía La blanca hierba de la noche (2000), La secreta voz de las aguas (2010) y Palabras de acerada proa (2018).

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